sábado, 14 de abril de 2012

Dieciocho

Mar, mar,
oasis de paz.
Donde nadie te busca
si te quieres relajar.
Mar, mar,
donde no hay fronteras
ni barreras donde parar.
¿Por qué vivo donde no hay mar?
¿Por qué lo que me gusta se me tiende a quitar?
Mis ganas de vivir son como el mar,
extensas y propensas a flotar.
Los problemas son las olas,
pequeñas y grandes turbulencias en la vida,
pero como el mar,
hay que volver a la forma original.
Mar,
donde es invisible llorar;
donde una lágrima no lo va a alterar.
Ese es el mar. Mi mar.

viernes, 13 de abril de 2012

Diecisiete

Indignado. Me siento profunda, absoluta y desoladamente indignado. Todo empezó hoy.
Hora: 13:45.
Lugar: la Tierra > Europa > España > Madrid > Móstoles; es decir, mi instituto.
Estado: adormilado (y soltero).

Mi función en mi centro de estudios (véase instituto en la RAE) es la de estudiante, claramente. Durante una hora, mi cometido era dar francés. La clase de francés. Con la Señora Pe. Me interné en clase para aportar mi valiosa mochila al suelo de dicha aula. Al querer sacar con mis desnudas manos mis libros de la asignatura, tal fue mi sorpresa que me llevé las manos a la cabeza.

“¿¡Pero dónde cojones están mis libros de francés!?”, pensé.
- No encuentro mis libros de francés. – dije.

La profesora, intentando convencerme de que les había salido patas y corrieron despavoridos de mi valiosa mochila, me dijo que no me preocupase, que seguramente me los habría dejado en casa sin querer. Pero yo, como buen alumno que soy, pensé directamente en que alguien me los había robado. En efecto, pero eso ya se verá al final.

Pedí salir de clase para meterme en la otra, donde se encontraban los demás, que es el aula normal donde todas las demás asignaturas se dan allí. Registré la estantería en la que, normalmente, aparecen todos los objetos perdidos o robados, en otras palabras. Nada.

“Se ve que los cabrones esconden bien las cosas.”

Volví a clase. Cabreado, claro. No dejaba de pensar en quién (o qué) habría tenido la mala hostia de robarme a mí mis libros. Seguía dándole vueltas a la cabeza. Mi amiga Midons se dio cuenta de aquello y me hizo un pequeño favor, que salda una deuda que me debía de esta misma mañana. Se bebió entera su botella (de Solán de Cabras) de 0,33 litros. Cabe decir que estaba llena. Pues bueno, se la bebió con tal ímpetu que le iba a explotar, más tarde, la vejiga. Con ello, Midons me dio la oportunidad de ir a hablar con Innes. Ella sabía perfectamente que me quería desahogar. Y también sabía que era con ella, evidentemente.

La Señora Pe me dejó ir a llenar la botella y, después de eso, me fui directamente a la sala de profesores (antes laboratorio, ahora ha sido invadido por unas criaturas más inteligentes, llamados “los de Letras”). Ahí estaba Innes, escribiendo algo que me es desconocido.

Lamentablemente… no estaba sola: “¡Hostias, la Señora Rajoy, la Rubia (teñida) Demoníaca!”. Qué susto me dio la jodía. Pero aparte de esto, no la presté más atención.

Fui directamente a Innes, que era el motivo principal por el que había entrado ahí. Le conté lo ocurrido y ella me respondió:

- Es que los profesores no podemos tomar más medidas que las de cerrar la puerta en los recreos, ¿verdad, Señora Rajoy?
- Sí. – contestó de una forma tan seca como solo ella sabía.
- Bueno, de todas formas coméntaselo a la tutora en una tutoría.

Puse una cara expresando, exactamente: “La tutora es de todo menos tutora”. No ejerce como tal, solo como madre estresada que piensa que es la única del mundo. Se deja manejar por todos los profesores y no tiene conciencia propia. Tanto que si ella planea una colocación de las mesas y la Señora House (copyright de Midons) dice que “ése está mejor allí”, ella lo cambia sin que ella opine lo mismo.

En fin, que se lo conté y estuvimos un rato hablando, hasta que finalizó la clase de francés y tuve que irme (a la fuerza) de allí.

Y al final… ¿Quién tenía mis libros?
Ojalá fuese hijo único.