domingo, 22 de julio de 2012

Ochenta y siete

Después de todo, ayer volví de mi querida playa. 
Estaba tan cansado de todo, que ni siquiera recordaba escribir en el blog ni nada por el estilo. Cuando ayer me preguntó Midons si escribiría, le dije lo mismo que estoy poniendo aquí.

En general, todo bien. Llegabas a la recepción y querías volver a meterte en el coche. No es porque no me pareciera bonito el hotel, pero hacía un calor sofocantemente insoportable. La habitación era normalita, no muy amplia pero lo suficiente o incluso más para nosotros.

El primer día en la playa todo genial, bañándote sin problemas, etc. El problema vino el segundo día:
Llegamos por la mañana, bien. Nos metimos, bien. Estuvimos un rato, bien. Empecé a ver cosas en el agua, regular. Mi hermana emitió un grito de dolor a volumen demasiado bajo para la gravedad de la causa. Había medusas en el agua y una la había picado. Me giré y vi una, claramente. Mi madre se fue con ella al puesto de socorro y volvió con una sustancia parecida a la espuma del pelo en la zona afectada. Le dijeron que no se bañara ni tomara el sol ese día, y que había que hidratar la herida cuanto más, mejor.
A mí, no me ocurrió nada, gracias. Muchas gracias por preocuparos (risita).
Los siguientes días os imaginaréis, bañándonos con cuidado bajo una bandera amarilla. Y cuatro de cada seis horas de playa, leyendo bajo la sombrilla una novela que me regaló la madre de mi amigo del pueblo, la que trabajaba en Circulo de Lectores. Se llama La última noche de Rose Daly. Esta autora (Tana French) me encanta. Es el tercer libro que publica y ya me leí el segundo, En piel ajena. No es una saga, no os asustéis. Me lo empecé el primer día de viaje y ya voy por la página 335.
Otro punto que me hizo decepcionarme fue que la playa era de piedra. Pero PIEDRA PIEDRA. Cómo clavaba la hija de puta. 
Otro punto que me hizo decepcionarme fue que en la playa había muchísima gente, todos apelotonados. No, no era Benidorm.

Pero el hotel tenía una animación genial, preparada para los niños de manera excepcional. Un problema del hotel es que había muchísimos niños, muchísimos. Hubo un día en que un humorista hizo un monólogo y no se oía por los niños que gritaban. 
Lo que decía de la animación tendrá que ver con que muchos clientes llevaban veraneando allí mucho tiempo, sin cambiar de hotel. Un matrimonio jubilado llevaba, ni más ni menos, que 23 años yendo. Tanto conocían al personal, que se besaban (mejillas) y se contaban su vida. 
Los desayunos y las cenas (ya que íbamos con media pensión) eran geniales, como en casi todos los hoteles. Había poco terreno de buffet, pero no había pared donde no estuviera colgado un papel en el que presumían de tener la Q de Calidad Turística Española. NO SON SIGLAS. Cierto es que la comida era algo mejor que la de la competencia.

Termino diciendo que me he acordado de todos vosotros. A mis amigos les dedico mis mejores momentos. A mis enemigos, les dedico una picadura de medusa. No, no soy tan gentuza, solo maquiavélico.