sábado, 27 de octubre de 2012

Noventa y nueve

La mujer arañó las paredes lisas hasta hacerse sangre en las yemas de los dedos y pensó que se le difuminarían las huellas dactilares si lo seguía intentando. Golpeó los cristales oscuros hasta insensibilizarse las manos. Había avanzado hacia la puerta once veces para intentar meter las uñas por el hueco de debajo de la puerta, pero esta no se movía y el borde estaba afilado.
Finalmente, cuando las uñas se le despegaron de la carne, se dejó caer al suelo, con un llanto lastimero y silencioso. Entonces gritó lo máximo que pudo, y se quedó interminables minutos mirando a un punto fijo de la oscuridad.
Se lamió los dedos ensangrentados y miró hacia el techo. Quizá estuviera demasiado alto para saltar, quizá no hubiera nada a lo que agarrarse. Pero había que probar. No le quedaba otro remedio. Dio un brinco y extendió cuanto pudo sus brazos en el aire, pero no halló nada.
Descansó y volvió a probar, en un intento inútil de salvación cuya represalia sería castigada si llegaran a verla. No valía la pena, pero ella tenía esperanza. La última vez fue definitiva para la rendición. Cayó encima de una piedra cuyas dimensiones eran idénticas a las de un libro escrito por un pirado sin escrúpulos y que trataba de un tal Dios de edición extendida. Soltó un gemido de dolor lo más insignificante que pudo, esperando que no la oyeran.
Se quedó quieta de nuevo, mirando a otro punto de la oscuridad, y hubiera gritado si no fuera por la quemazón interna. Si lo hubiera hecho, sus carceleros habrían malinterpretado. Pensarían que se estaba rindiendo. No lo estaba. Al contrario.
Para ellos solo era una mujer enjaulada, pero era ella quien decidía la distancia entre los barrotes. Quería concentrarse en nuevas ideas para el mundo y ponerle límites a la locura que le estaba encharcando el cerebro.
Algún día de aquellos iba a escapar, estaba segura.