sábado, 5 de mayo de 2012

Treinta y cuatro

Me aburro. Me aburro y mucho. A lot of.  Y cuando me aburro, es grave. Mi tío me suele decir:
- Me aburro, pis caballo. (Mea burro, pis caballo)
Pero bueno, siempre encuentro un remedio. Es sábado por la tarde, aprovecharé para ir al cine. Miro la cartelera en busca de una peli que valga la pena en este tiempo. Pero veo una que me llama mucho la atención:



¡Me cago en...! No me jodas. Pienso en lo divertida que podrá ser. Tentador, pero no.

Prefiero recurrir a un método anti-aburrimiento. La televisión.
Haciendo "zapping", me da por ponerlo en FDF. Está "La que se avecina". Pero...


¡Aaah! ¡Han cambiado a todo el elenco de actores! Bueno, igual así tienen más audiencia. Pero yo no formaré parte de ella.
Mira, ¡a tomar por culo! Decido acudir al método que nunca me falla, el que tenía que haber elegido el primero.
Me voy a leer mi libro.

viernes, 4 de mayo de 2012

Treinta y tres

Hola. ¿Qué tal todo?
¿Bien, no?

A ver, si yo te quería mucho. Hacíamos bromas. Tú te reías. Yo me reía. Y nos comprendíamos, y eso era lo que más me gustaba. Pero… hay veces que no me comprendías lo suficiente. Y me malinterpretabas. No mirabas más allá de tus narices, así que no pudiste conocerme ni valorarme como, quizá, me merecía. Veías lo malo de mis comentarios, no lo gracioso. Eras una superficial, directamente.

Pero, aún así, te quería y te apreciaba. Porque nos parecíamos, y espero que sigamos haciéndolo, por nada que nos veamos y por menos que hablemos.

Todavía, cuando bajo las escaleras del colegio, espero verte en el porche, sentada. Echándote tus cremas blancas que te dejaban la piel más pálida de lo que ya la tenías. Añoro esa carpeta que tanto te distinguía de los demás, y a la que a todos los sitios llevabas. No caías bien a todo el mundo (aunque sí a la amplia mayoría) y cuando sacaban un tema en contra de ti, te defendía con uñas y dientes. Porque te quería. Y tú a mí.

Recuerdo un día en clase. Aquél en el que me echaste una charla sobre la humildad que debía tener un escritor, ya que tú valorabas por encima de todo a dos personas que, vale, puede que lo hiciesen mejor, pero yo no soy egocéntrico. Eso es algo que te perdiste al no querer conocerme. Me contaste que, para ser un buen escritor, es necesario tener mucha humildad y reconocer cuando hay gente mejor que tú.

Te sigo recordando, aunque me cueste admitirlo. Muchos compañeros son los que me dicen: “¡Mira, ahí está Esa!”, queriendo que me gire para que broten muchas carcajadas. Pero no lo tengo en cuenta, ya que lo dicen amistosamente. ¿Te acuerdas del libro que te regalé? Yo sí, aunque nunca llegué a leérmelo.

Tampoco me olvidaré del momento en el que te entregué el libro, cuando me pediste que te escribiese una dedicatoria. Ese fue el momento en el que me di cuenta de que yo no quería que te fueses. Pero que te ibas a ir. Si no, ¿por qué me ibas a mandar eso?

Te echo en falta. Porque cuando escucho “You know I´m no good” me acuerdo de ti, y no sé por qué. Porque la letra (algunas cosas sí) no hablan de nada parecido a nuestra antigua relación.

A ver cuándo vienes a vernos. Aunque sea por última vez.

Treinta y dos

Midons, me he enfadado contigo.
¿Que qué has hecho tú? Nada.
Y aún así, me he enfadado contigo.

Contigo y con el lugar donde vives:

Yo iba a coger el MetroSur para ir a la estación de Renfe más cercana. Y de ahí, coger el tren para una simple y corta estación y acabar en tu casa.

Me encontraba esperando el Metro y cuando éste entra en la estación y se para, voy a entrar y… ¡Hostias! Me encontré a la Señora P, mi profesora de francés, justo al lado de la puerta, como una sombra. Me pregunta a dónde voy, y yo le respondo que a tu casa, para pasar el rato. Se interesa por el lugar donde vives y su situación exacta en el mapa. Respondí a su pregunta y ella me contó, con pelos y señales, dónde vivía. Sin pregunta previa.
Me despido de ella deseándonos mutuamente un buen fin de semana y acudo con prisa al andén de la Renfe.

Todo parece ir bien. Entro. Al principio nada parece alterar mi camino, por lo que me voy al fondo del vagón a chatear contigo desde el móvil. Para no aburrirme, más que nada.

- ¿Delac? – me dijo una voz femenina.

No me preocupaba mucho, pero cuando aparté el móvil de mi cara… ¡Joder! ¡Tu madre! ¡Mi futura suegra! ¡La abuela de nuestros hijos! Sé que tú no quieres tener hijos, pero te he escondido la píldora. No, es coña; pero sí que me encontré a tu madre. Estuve hablando con ella los cinco minutos que dura el trayecto y con silencios intermitentes y algo incómodos hasta que te conseguimos ver de lejos. Pero, a media bajada de la estación a la calle… ¡Me cago en…! Me encontré a mi prima por parte paterna, con la que yo no tengo buena relación. La gracia está en que ella no lo sabe. Me saluda y me hace un interrogatorio.

- ¿A dónde vas? ¿Qué haces tú por aquí? ¿Quién es esta señora que te acompaña? ¿Dónde está tu madre? ¿Y tu hermana?
De aquellas cinco preguntas, al menos respondí a dos. Las demás di a la opción de “pasapalabra”. Que la den, oye.

Cuando, ¡por fin!, me la consigo quitar de encima, continúo con tu madre hasta que te tengo enfrente. Y cuando ya se va y nos deja solos…

- Lo que me has costado, hija puta.
- ¿Por qué?
- Ahora te cuento, que es una larga historia. Te vas a reír…

Treinta y uno

Qué paradoja.
Cuando estoy en le pueblo, deseo estar allí. Cuando estoy aquí deseo estar en el pueblo.
Me gusta el pueblo. Allí se respira otro aire, otra esencia. El aire está menos contaminado y la manta negra no está presente en la superficie del cielo.
Me gusta el pueblo. Coger mi bicicleta e ir a los lugares a los que, el puente pasado,  fui con algunos amigos.
Me gusta perderme. Y no encontrarme. Pero me encuentro. Desventajas de un pueblo pequeño.
Todos te conocen. Los lugares. Las personas.
Vayas donde vayas, sabes que ya has estado. Ya no me vale el viejo juego de niños en el que era un aventurero que iba a descubrir e investigar sobre el pueblo y sus angostas calles.
Vayas donde vayas, siempre encontrarás a algún pueblerino de edad variable, dispuesto a entablar una conversación de escasos temas y larga duración.
El campo me encanta. Salvo por los bichos. No me gustan los animales. El campo me da paz. Es lo que más me atrae del pueblo. Estoy acostumbrado al mundo entre edificios y aire contaminado y me apetece cambiar de aires con frecuencia.
Me gusta la perspectiva del cambio.
Pero hay cosas que me hacen volver. Mi casa, mi instituto, algunas personas que hay en él... en la ciudad.
Hay personas que me hacen la vida más fácil. Gente a la que quiero.