viernes, 30 de marzo de 2012

Quince

Puedo ser muy silencioso. Mucho.
La prisa rompe el silencio. La impaciencia estropea la caza.
Me tomo mi tiempo.
Avanzo en el silencio del bosque inundado por la oscuridad.
El único sonido es el de mi respiración al inhalar lentamente por la boca. Las almohadillas de mis patas no hacen ruido al pisar la maleza húmeda. Empiezo a escuchar los latidos de mi corazón por encima del borboteo de un arroyo cercano.
Una ramita seca comienza a crujir al pisarla.
Me detengo.
Espero.
Me tomo mi tiempo.
Lentamente, levanto la pata de la ramita. 
Pienso: Silencio. Noto mi aliento frío sobre mis incisivos.
Oigo un sonido susurrante que me llama la atención y la mantiene.
Tengo el estómago vacío y tenso.
Me adentro en la oscuridad. Aguzo el oído; el animal anda cerca. ¿Será grande? Si está herido, puedo cazarlo yo solo.
Algo me roza el hombro. Algo suave.
Quiero estremecerme, girarme y atraparlo entre mis dientes. 
Pero no debo hacer ruido. Me quedo inmóvil durante unos segundos, y luego giro la cabeza para ver lo que antes me rozaba. Parece una pluma. O...¿papel?
Es algo que no alcanzo a nombrar exactamente, que flota y se deja mecer por la ligera brisa. Me toca la oreja una, y otra vez.
Más allá, esparcidos por el suelo, hay unos cuantos objetos impregnados de un olor desconocido y hostil.
De pronto, veo a mi presa.
Pero no es un ciervo. Es una chica. Una chica que se retuerce en el suelo, que araña la tierra y gimotea. Cuando la ilumina la luna, parece blanquísima contra el suelo negro. Expulsa miedo por todos los poros.
Mi olfato lo detecta. Siento que se me eriza el pelo de la nuca.
Avanzo en silencio.
La chica no me ve llegar. 
Cuando abre los ojos, estoy justo delante de ella. Casi podría tocarla con el hocico. Hace un momento estaba jadeando , pero al verme deja de jadear.
Cuanto más me mira, más se me eriza el pelo de la nuca y el del lomo.
Araña el suelo con los dedos. El peligro me silba en los oídos.
Le enseño los dientes y hago ademán de retroceder.
Solo se me ocurre huir y rodearme de árboles.
De pronto, recuerdo el papel que cuelga del árbol. Me siento atrapado entre la chica que tengo delante y la extraña hoja que tengo detrás. Mi vientre roza la maleza al agazaparme con la cola entre las patas.
Estoy atrapado entre ella, y los objetos que huelen a ella, colgados de las ramas, y tirados por el suelo.
La chica sigue mirándome fijamente, desafiante.
Soy su prisionero y no puedo escapar.
Me acerco a ella.
Cuando grita, la mato.

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