Castígame porque he sido malo.
Te doy permiso para que uses cualquier arma, sin pensar en cual, para hacerme daño. Porque lo merezco. Si hubiese un diluvio de lluvia ácida en este preciso instante, dudo que Noé me salvara. Tampoco me subiría a su arca majestuosa para rodearme de seres superiores a mí. Me desmotiva. Nadar en agua en su punto de ebullición me merezco. Porque he hecho algo que haría que Hitler volviese de la muerte para rociarme veneno en el rostro hasta dejarme descansar ininterrumpidamente. Te ruego que me impongas una sanción, porque las promesas se cumplen, he aquí fallé. Jurar en vano tiene sus consecuencias, esas que te pido que se conviertan en latigazos con los que herir mi cuerpo hasta dejarme en los restos. Rogaré al cielo para que me acusen de víctima. Lloraré lo inventado para que me tachen de mentiroso. Me jactaré de heroicidades de plástico para que me dejen como máximo exponente de la prepotencia conocida. Hasta que me castigues y me des mi merecido.
A cierta altura caeré si así me lo estás pidiendo. Háblame como puedas, aunque no sea a través de vulgares palabras y paganos gestos. Para mí la divinidad no existe, pero sí mi conciencia que fue testigo de mi brutal y reprochable hazaña. Cruel castigo que con gusto recibiré aumentado. Bailar entre las llamas haré si lo insinúas, rezar a lo invisible si lo señalas.
Pero muéstrame cómo equilibrar la balanza que comparto con el mundo, en la que ahora yo, reposo sobre la parte más baja.
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