Me dejo llevar como un trozo de plástico que han lanzado a un río con el objetivo de contaminar. Los espectadores desde el puente me miran, y se decepcionan. Me mojo y se decepcionan pero no hacen nada por impedir mi hundimiento.
A pesar de que no estoy cómodo, me dejo llevar. Dejarse llevar es mejor que hacer cosas y mejor que luchar contra lo que te arrastra quién sabe dónde. Espero a que me ayuden porque sé que alguien lo hará, siempre alguien lo hace. No intento escabullirme, me dejo llevar sin revolverme. Si intento escapar, empeorarán las cosas. Dejaré que alguien acuda en mi ayuda y me salve, con la condición de prescindir del beso a diferencia de los cuentos nocivos de Disney.
¿Pero, y si encuentro algún obstáculo que me impida continuar mi viaje siendo arrastrado por el supuesto río en el que estoy inmerso? Tranquilidad.
Ese héroe salvador vendrá, me aliviará del mal y me protegerá de mis miedos más temidos, de mis enemigos más odiados de los problemas que se resuelven con una soga alrededor del cuello.
Por eso es mejor dejarse llevar mientras que ves peligros invisibles.
El vaivén de mi alma supura. La herida se expande. Me rompo.
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