miércoles, 23 de mayo de 2012

Cincuenta y dos

Miradas vacías para sueños extraviados. 
Ese punto al que miran, esa zona que señalan. Me mira. Con su mirada vacía me mira, diciendo que rompí un sueño que podría perfectamente haber cumplido. Que a la primera tiro la toalla, que no me enfrento a mis retos.
Que soy cobarde. Que me detengo ante el primer obstáculo insignificante que me bloquea el camino.
Me mira, ahora más observadora que antes. Me examina en busca de algo que reprocharme, tanto por fuera, como por dentro. Y lo que más me jodería es que los encontrase.
Se ha callado. Solo mira. La odio.

Como me hace sentirme culpable. ¡Qué acusadora es!
Quiere matarme por dentro, que vomite lo que mal hice y desangrarme por lo mismo.
¿Acaso he hecho algo mal? ¿He cometido un error? Puede que alguno, pero me arrepentí en su momento. No sé que quiere de mí. No es que sea el diablo, reconozco que yo tampoco soy un ángel.
Pero me tortura. Esa mirada penetrante, agobiante que me arrincona.
Está consiguiendo algo que me muero porque no lo consiga. Maneja mi mente a su gusto. Siembra una semilla de maldad y recoge el miedo, la alegría, el deseo... El agobio. Soy su huerto envenenado, y no veas como me molesta. 

Me empieza a picar el cuerpo. Alivio el picor de todas, todas las partes del cuerpo. Lo que me ha hecho. Qué mala...
¿Pero qué quiere? Soy la viva imagen de la desesperación y la antítesis del regocijo y de la tranquilidad. Por lo visto jamás voy a ser lo que quiero ser. No se puede estar peor. 
Empiezo a sudar por los poros, creo que por todos. Qué calor. Pero ella no se da por vencida y sigue mirando. Buscando algo, por mínimo que sea, que pueda producirme. Que me aleje de todo lo que quiero, pero volveré. No estaré así eternamente. No soy tan débil como cree que soy. Ese es un punto a mi favor.

Me están entrando muchas ganas de suicidarme. Supongo que es otra fase de este martirio al que estoy siendo sometido. La espera se hace larga, el dolor más intenso. Como duele, joder cómo duele.
Maldita bastarda, hija de su... No puedo más. Quiero llorar. No es de débiles. Todos lo hacen en algún momento. Hay personas que lo hacen como rutina, otros como vía de escape.
Todo aquello nombrado, vuelve a romper en mi mente y cuerpo. Como una ola al chocar con un acantilado.
Qué mal... Sudo, me pica todo, las ganas de suicidarme crecen...
Su fuerza psicológica es gravemente fuerte. Va a acabar conmigo. Y después, ¿como acabaré? No habla, no hace nada, solo mira, mira.
Me estoy agotando. Me derrumbaré en cuestión de segundos. Me estoy deshidratando. Ahora tengo más calor que nunca.
Me caigo. Ya no puedo más con esa mirada, que pesa más que el coche de Fernando Alonso. Jodida...
Culpabilidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario