Ya estoy extraoficialmente de vacaciones. En realidad, acabo el 26, pero no hacemos nada una vez acabados los exámenes finales, o mortales, recientemente bautizados.
Conforme van
pasando los días de mi nueva rutina, tengo más pereza a la hora de
hacer cosas. Hace bastantes días que no escribo ni una palabra en
este blog, y no sé por qué me pasa esto. Cierto es, que necesitaba
el descanso y el verano más que otra cosa en el mundo, pero también
es cierto, que con ello, estoy perdiendo mis hábitos.
Quería hacer una
entrada, claro. La anterior la hice a gusto, aunque a desgana. No sé
si me entendéis. Pero cada día, estoy más lejos de volver a ser el
chico que escribe todos los días de la enemiga Sociedad. Volveré,
ya lo estoy intentando.
Esta semana, a
primeros, iba a irme al pueblo, lo que bloqueaba mis ganas de
escribir. No podría de ninguna de las maneras. Pero gracias a cierto
miércoles y a ciertas notas del jueves, viajo a la entrega de estas,
por la mañana.
Me gusta el
pueblo. Me encanta.
Compañeros de mi
clase llevan diciendo todo el curso que quieren vacaciones, y a la
hora del descanso, no les gusta porque se aburren. Pues no lo
entiendo. A mí me gusta descansar. ¿A quién no? A ellos.
Vacaciones,
vacaciones. El dedo me puede privar de ver el mar, aún no está
seguro que pise la arena.
Ese es el único
problema que me causa el verano, a aparte de los 40º que pueden caer
sobre nosotros en cualquier momento.
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