jueves, 13 de diciembre de 2012

Ciento cinco

Aquel niño vestido con más barro que ropa, ropa vieja y desmejorada, roída por cada circunstancia que le rodeaba, no podía abarcar todo con la mirada, el caos en el que se había convertido en el país que le vio nacer, hace no más de diez años.

Veía aquella guerra en la que se involucraban todos los grupos populares, todo por alcanzar una fortuna vacía e imaginaria, prometida por el demonio trajeado, como le llamaban en el barrio del chico, al hombre que prometía hasta que metías su papeleta en una urna. Ese era el principio del fin, donde el hombre trajeado convertía la felicidad en desgracia, y la desgracia en miseria.
Aquel niño veía cómo el hombre trajeado era admirado por todos, alabado por muchos, y criticado por una minoría a la que callaban sin esfuerzo. Hasta él hubiese metido diez papeletas suyas en la urna para garantizar su triunfo. No tenían mucho, pero él estaba convencido, junto a sus padres y hermanos, que traería riqueza a todos y les salvaría del desastre en el que estaba inmiscuida la sociedad.

Pero llegó su triunfo, su alegría y toda una plaza entera clamando a su héroe protector, futuro dictador en una dictadura disfrazada de democracia. Todos, incluido el niño, confiaban en su don natural.

No fue así, Avanzando su despótico reinado, desató toda clase de cambios que transformaron totalmente la vida de el niño y de su desgraciada familia. Su, ya de por sí bajo nivel de vida, menguó hasta darse cuenta de que la única salida a sus apuros era acudiendo regularmente a un comedor social. Pidieron ayuda por todos los lados que pudieron, pero no sacaron gran cosa. El niño ya no veía al hombre trajeado como un dios que traería fortuna, sino como un tirano que traería mal a sus hermanos.
Vendieron lo poco que tenían pero no les duraba mucho lo obtenido.

El niño no entendía por qué había personas con trajes de marca y relojes de lujo y otras que no tenían qué llevarse a la boca. Se preguntaba si el hombre trajeado que les había decepcionado tenía algo que ver con su situación. El niño empezaba a ver máquinas que lanzaban objetos con el fin de crear dolor.
El niño no era tonto. Pero no entendía aquello. Veía y oía palabras en la televisión como "revolución española" o "ejecución del demonio trajeado y sus secuaces".
 El niño no entendía, pero una parte de él pensaba que se lo merecía.

Unas semanas más tarde su madre lloraba y su padre no aparecía por casa. Sostenía un papel que significaba que su tiempo en esa casa debería acabar. El desahucio se realizaría en cuatro días. Acabaron en la calle. No sabían qué hacer. 

Años más tarde, su padre seguía sin volver. Y su madre se alejaba cada vez más. Tenía que comer y sobrevivir. Sus hermanos se buscaban la vida robando y él debería hacer lo mismo. 

- Porque eshto esh Eshpaña. Mi Eshpaña,- dijo el hombre trajeado, antes de recibir la bala.

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