Qué paradoja.
Cuando estoy en le pueblo, deseo estar allí. Cuando estoy aquí deseo estar en el pueblo.
Me gusta el pueblo. Allí se respira otro aire, otra esencia. El aire está menos contaminado y la manta negra no está presente en la superficie del cielo.
Me gusta el pueblo. Coger mi bicicleta e ir a los lugares a los que, el puente pasado, fui con algunos amigos.
Me gusta perderme. Y no encontrarme. Pero me encuentro. Desventajas de un pueblo pequeño.
Todos te conocen. Los lugares. Las personas.
Vayas donde vayas, sabes que ya has estado. Ya no me vale el viejo juego de niños en el que era un aventurero que iba a descubrir e investigar sobre el pueblo y sus angostas calles.
Vayas donde vayas, siempre encontrarás a algún pueblerino de edad variable, dispuesto a entablar una conversación de escasos temas y larga duración.
El campo me encanta. Salvo por los bichos. No me gustan los animales. El campo me da paz. Es lo que más me atrae del pueblo. Estoy acostumbrado al mundo entre edificios y aire contaminado y me apetece cambiar de aires con frecuencia.
Me gusta la perspectiva del cambio.
Pero hay cosas que me hacen volver. Mi casa, mi instituto, algunas personas que hay en él... en la ciudad.
Hay personas que me hacen la vida más fácil. Gente a la que quiero.
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